Argentinos en la encrucijada

Por Marcos Aguinis

¿YA nos olvidamos del "voto bronca" que descalificó las últimas elecciones? El creciente fuego comicial ante las elecciones internas de noviembre y las generales de marzo parece haberlo extraviado de la memoria, pese a que, en su momento, representó la más sonora bofetada que se les dio a los políticos desde que existe la democracia en nuestra tierra. Precandidatos y periodistas dedican esfuerzos a la nueva campaña, sin prestar debida atención al desencanto y rencor de la ciudadanía. Por una parte, es cierto que el país necesita con urgencia autoridades legitimadas por elecciones, pero, por la otra, la gente boquea por falta de oxígeno y desconfía de todo y de todos. ¿Surgirá de las urnas un gobierno apto para cambiar la tendencia al abismo que predomina en estos momentos?

El apagón productivo que se inició en 1997 y llega a escandalosas dimensiones en la actualidad arrasa como la peste. Los niveles del desastre no tienen paralelo. La sociedad sufre aflicción y desconcierto. Las dirigencias no saben qué hacer, están desbordadas y optan por mantener el statu quo mediante la repetición de reflejos arcaicos, inconducentes, que por lo menos las dejen seguir viviendo. Son grotescas, patéticas.

Qué queremos ser

Mientras, la sociedad expresa contradicciones y confusión. Ni siquiera puede pensar con serena lógica. Hierve de emoción violenta, busca enemigos, quiere linchar. Padece la destrucción del país que regó con sudor y sueños. Sufre el espectáculo absurdo de que en el "granero del mundo" haya hambre porque no se aplica un adecuado gerenciamiento estatal, y ha debido poner en marcha iniciativas solidarias privadas, admirables, para alimentar a la gente por debajo del nivel de pobreza. El pueblo argentino arde de dolor y cólera, pero demuestra tener reservas morales.

Esas reservas, sin embargo, pueden ser arrastradas hacia una nueva frustración. Debemos prender las alarmas.

La globalización, que tanto se critica, tiene algunos elementos buenos. Entre ellos, la posibilidad de enterarnos en el acto de lo que sucede en otras regiones del planeta. Entre las cosas que debemos mirar es que en el planeta hay naciones que crecen y naciones que declinan, hay naciones prósperas y naciones miserables. No es un dato menor, porque los factores que las llevaron hacia uno u otro destino ya no forman parte de un misterio insondable. Son naciones que pertenecen a nuestro mismo pequeño globo y están sometidas a dificultades comunes. Sólo que algunas convierten las dificultades en un trampolín, y otras, en un tobogán.

La confundida ciudadanía argentina debe plantearse una pregunta básica, como si de ella dependiese su vida o su muerte. ¿Quiere ser una nación que crece o una nación que declina? ¿Quiere ser una nación próspera o una nación miserable? ¿Queremos ser iguales a Cuba? ¿A Zimbabwe? ¿A Corea del Norte? ¿A Haití? ¿O preferimos asemejarnos a Noruega, Irlanda, Suecia o España? Esa decisión es inexcusable para poder elegir entre los dos caminos que presenta la actual encrucijada.

¿A quién votar?

En un artículo reciente, Natalio Botana dibujó con arte el laberinto del llamado "centro" político nacional. Hacia allí apuntan los candidatos que buscan el voto moderado e independiente, que será la mayoría de los próximos comicios. Este centro moderado pretende distinguirse de los extremos que generan justificable resquemor, llámense trotskismo, populismo u oportunismo.

Pero una cosa es diferenciarse de la derecha autoritaria y torpe en materia social y de la izquierda ruidosa o ingenua, y otra muy distinta es presentarse con piel de cordero para seguir con los mismos vicios que destruyeron a nuestro país. Esa línea mentirosa llevará a otra frustración. Y van...

A mi juicio, la sociedad debería mostrar la misma energía que derramó en los cacerolazos y asambleas populares para exigir que el nuevo gobierno no sea moderado en las reformas. Que no sea moderado para que avancemos de manera clara hacia tipos de sociedad como los que caracterizan a Noruega, Irlanda, España o Suecia. De lo contrario, proseguirá nuestra decadencia y seremos Haití. El país ha llegado a un punto en que no se puede permitir ambigüedades.

La encrucijada tiene claros carteles indicadores: o se marcha hacia el declive o se marcha hacia el ascenso. El ascenso se caracteriza por consignas que deben materializarse en leyes de hierro, absolutamente inviolables, que transformen la República Argentina en un país serio y confiable. Repito: serio y confiable. Si comienza a imponerse semejante modalidad, el resto, tarde o temprano, se corregirá por añadidura.

El hambre, la pobreza, la inseguridad y el desencanto no se podrán resolver con gestos de caridad, ni aunque estén divinamente inspirados. Se resolverán con fuentes de trabajo y una sistemática vigorización productiva. Para eso hace falta dinero. ¡No seamos hipócritas! Hace falta el sucio e insensible dinero.

Sin dinero nada podrá ser activado, sino la decadencia. Hay tanta confusión en la Argentina que muchos tienen vergüenza de defender la propiedad privada y, sin embargo, se enojan cuando les violan los bolsillos con el corralito. El sucio dinero sólo aparece, como un desconfiado y asustadizo animal, cuando hay seguridad jurídica, respeto firme por los contratos, valor de la palabra, previsibilidad. Aparece cuando el Estado deja de chupar el crédito que debería orientarse a las pequeñas y medianas empresas y cuando deja de sostener una burocracia al servicio de la corporación política, sindical y empresarial no competitiva. El sucio dinero aparece cuando se efectúa una recaudación eficiente, sin escandalosos privilegios. Y el sucio dinero alcanza para las obras sociales cuando se lo gasta con criterio y no termina en las faltriqueras de la corrupción, las prebendas y el punterismo político.

La Argentina, en esta encrucijada, tiene la oportunidad de elegir a alguien que no venga a confundirnos con medidas de corto plazo ni promesas complacientes, ni limitándose al seductor expediente de poner toda la culpa afuera. No. El país necesita visionarios, gente con convicción para las reformas serias y en serio, que empiece con nosotros mismos. Un cambio que implique romper con dependencias corporativas, vicios políticos y envejecidos discursos.

En el actual espectro político no hay mucho para elegir, lamentablemente. Pero dentro de esa gama podemos diferenciar a los que representan el fracaso (por las lealtades y fijaciones que no podrán romper) y los que representan el progreso de verdad.

El último libro de Marcos Aguinis es El atroz encanto de ser argentinos .
Para LA NACION